El curioso caso del sistema partidista y el combate a la violencia en Ciudad Neza

By: New York Times

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Policías monitorean las cámaras de vigilancia en una calle de Ciudad Nezahualcóyotl. CreditBrett Gundlock para The New York Times

Cuando le preguntamos a los politólogos que estudian la democracia estadounidense qué es lo que más les preocupa —y hay muchas cosas que les inquietan estos días—, su respuesta suele ser los partidos políticos.

Es una situación que teníamos en mente cuando llegamos a Ciudad Nezahualcóyotl, en la zona metropolitana de Valle de México, que tiene un millón de habitantes y se ha separado de forma eficaz del sistema partidista mexicano.

Neza, como se le conoce, es un crecimiento urbano descontrolado de clase trabajadora. Sin embargo, también es una historia de éxito: mientras el crimen y la corrupción se han disparado a nivel nacional, en especial en las zonas aledañas a Neza, en esta población se han mantenido estables o incluso han disminuido.

Cuando le preguntamos a los ciudadanos y funcionarios de Neza cómo lo habían logrado, todos mencionaron a Jorge Amador, el jefe de la policía y quien parece que llegó al trabajo de casualidad después de haberse perdido camino a una reunión de profesores universitarios.

Amador, doctor en sociología y quien trabajó en temas de gestión del agua, impuso cambios de gran alcance, y en ocasiones excéntricos, que serían imposibles de llevar a cabo en prácticamente cualquier otro lugar. Con la Dirección General de Seguridad Ciudadana Nezahualcóyotl, organizó programas de literatura y clases de ajedrez para los oficiales. Reestructuró la fuerza policial para enfatizar el involucramiento con la comunidad. Despidió a más de cien policías sospechosos de corrupción o brutalidad.

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Jorge Amador, jefe de la Dirección General de Seguridad Ciudadana NezahualcóyotlCreditBrett Gundlock para The New York Times

Entonces, ¿fue Amador la clave del éxito de Neza? Después de pasar un tiempo ahí (y mucho tiempo con académicos mexicanos), llegamos a una conclusión diferente. O, al menos, a una más amplia: el secreto de Neza fue romper con el sistema partidista de México, lo cual hizo posible que Amador lograra realizar sus reformas.

Los partidos políticos del sistema mexicano están rebasados de problemas. Son una combinación peligrosa de instituciones superfuertes integradas por pocos servidores públicos de carrera y, a la vez, sumamente débiles. Están infestados de corrupción, y abundan el clientelismo y el nepotismo. Tienen el poder para imponer lealtad a nivel interno, pero no para realizar funciones institucionales básicas.

“No hay una institución o agencia capaz de obligar a los partidos a cooperar y a ser honestos y justos, y ese es un gran problema”, dijo Joy Langston, una politóloga del Centro de Investigación y Docencias Económicas (CIDE), un centro universitario y de investigación de Ciudad de México.

“Pueden negociar reformas que los hacen aun más fuertes y que los distancian aun más de los votantes”, señaló Langston. Esto quiere decir, explicó, que los partidos tienen muy pocos incentivos para pensar en las políticas que podrían ayudar a los votantes o para siquiera pensar en políticas públicas.

Neza es diferente. La gobierna el Partido de la Revolución Democrática, de izquierda, y, aunque la mayoría de los gobiernos perredistas no son como Neza —también han visto repuntes en el crimen y la corrupción—, la representación local del partido le ha dado mayor libertad a Amador para erradicar la corrupción o para experimentar con reformas poco ortodoxas.

Sin embargo, Amador tampoco puede recurrir ante instituciones federales o estatales (que son del Partido Revolucionario Institucional, PRI) para alguna asesoría en políticas públicas. Así que está caminando sobre una cuerda floja sin que haya una red de seguridad por si cae. Además, no todas sus políticas han funcionado.

Después de años de probar cambios de manera relativamente silenciosa, Neza se ha convertido en algo parecido a un experimento de ingeniería social al aire libre. La meta es que los miembros de la policía se enamoren tanto de sus responsabilidades cívicas que decidan rehusar el dinero que podrían ganar extorsionando a civiles o ayudando a la delincuencia organizada, como suelen hacerlo oficiales policiacos en la mayor parte de México.

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Oficiales participan en una ceremonia de honores a integrantes de la fuerza policial de Neza.CreditBrett Gundlock para The New York Times

En agosto, asistimos a una de dos ceremonias bianuales de entrega de premios que Amador realiza en honor a la fuerza policial. De los setecientos oficiales que acudieron, la mitad iba a recibir algún tipo de premio y recompensa monetaria. Los familiares en el público llevaban pancartas de apoyo y seis de los oficiales recibieron un bono de cuatro meses de salario. Se sentía como un espectáculo de porras.

“Al principio, la gente no confía en ti, está muy a la defensiva”, explicó Diana Hernández, una de las policías que tienen asignado monitorear una zona reducida de calles, otro experimento.

Hernández dijo que entiende el porqué de esa desconfianza. Cuando ella estaba creciendo en Neza, su familia raramente acudía a la policía al creer que eso conllevaría más problemas. La situación es distinta en la actualidad, dijo la oficial. “La gente me reconoce en la calle. Que me conozcan la verdad me hace sentir bien respecto de mi trabajo”, señaló.

Hay grupos de vigilancia vecinal, los cuales se coordinan con la policía y reciben cámaras policiacas, sistemas de alarma y líneas de contacto directo a las patrullas.

Sin embargo, Amador señaló que su meta a largo plazo es que haya tal aceptación pública a sus reformas “que no importe quién esté en el cargo de presidente municipal”.

De cierto modo está buscando reproducir las funciones de un partido político: movilizaciones de las bases, aliados en la sociedad civil y políticas institucionalizadas. Es una gran idea, pero un recordatorio de que el intento de reformar la policía y la sociedad sin un apoyo verdaderamente institucional puede llegar a ser como querer escribir algo permanente en la arena.

“Este experimento es frágil”, señaló Guillermo Valdés, exdirector de la agencia nacional de inteligencia. Establecerlo “ha sido un proceso tanto largo como lento”, que ha requerido tiempo y una libertad de la cual carecen la mayoría de los funcionarios mexicanos que están restringidos por el sistema partidista.

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Una toma aérea de Ciudad Nezahualcóyotl CreditBrett Gundlock para The New York Times

Por lo general, los expertos en vigilancia policial con los que hablamos, incluido Valdés, dieron buenas calificaciones a Neza.

Juan Salgado, académico del CIDE, afirmó que la ciudad había tenido un “gran éxito”, en parte por operar sin depender de organizaciones de la sociedad civil, varias de las cuales tienden a estar cooptadas por los partidos políticos establecidos.

Sin embargo, no todos están convencidos. Antia Mendoza, experta en seguridad que radica en Ciudad de México, aseguró que los funcionarios de Neza no han demostrado que haya una relación entre las reformas de Amador y el índice delictivo. Además, considera que hay poca evidencia sobre si realmente están funcionando las redes comunitarias.

Neza dista de ser un oasis de seguridad. En agosto, el día previo a la entrega de premios para la policía, nuestro fotógrafo visitó Neza y se encontró con que la rotonda principal estaba cerrada debido a una riña pública. Cuando pasamos un tiempo en el centro de comando de la policía —el cual tiene decenas de pantallas de televisión que parecen nuevas y muestran tomas de cientos de cámaras callejeras—, los oficiales observaron con impotencia cómo los autos que participaban en una persecución pasaban volando por las pantallas.

No obstante, de algún modo, lo más importante podría no ser qué tan bien han funcionado las reformas de Amador, sino el hecho de que haya tenido el espacio para probarlas en primer lugar y de hacerlo durante un periodo de años. Hay pocos ejemplos de ese nivel de libertad, en particular para purgar la corrupción, en el diseño de las políticas públicas mexicanas. Eso es un gran problema para México, pues limita a los funcionarios en un momento de crisis nacional.

Para nosotros, esa fue la lección que nos llevamos de Neza: no la presencia de las reformas, sino la ausencia de las limitaciones a estas impuestas por los  partidos políticos. Nos hizo percibir de manera diferente el resto de México, donde esas restricciones pueden llegar a ser sofocantes.

Nos hizo reflexionar también sobre los partidos tradicionales de Europa, los cuales tienen actualmente el índice de popularidad más bajo en años, lo que ha dado pie al ascenso de partidos alternativos o extremos más pequeños y menos profesionalizados. Nos puso a pensar en el crecimiento de los partidos populistas en todo el mundo, los cuales suelen rechazar a las instituciones y los expertos en políticas públicas por considerarlos élites secundarias arraigadas poco confiables. Y nos hizo analizar cómo los partidos estadounidenses han quedado como una sombra de sus versiones anteriores debido a la la polarización y a otros factores.

Los partidos políticos mexicanos son particulares a México y a su historia. Son legados del pasado revolucionario del país y de cambios recientes con la era de la alternancia después de setenta años de que un solo partido, el PRI, estuviera al mando. El grado en que están fracasando es excepcional. Pero las formas en que lo están haciendo no lo son.

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