Qué necesitamos cambiar para tener debates presidenciales inolvidables

By: HuffPost

ALEJANDRO CEGARRA/BLOOMBERG VIA GETTY IMAGES
Los dos debates que van en 2018 marcan una especie de buenas prácticas que se deben seguir en el futuro.

Frente a otros países, la historia de los debates en México es relativamente corta. En EUA, por ejemplo, el primer debate presidencial televisado (Kennedy vs Nixon) data de 1960. En México, el primer debate se llevó a cabo en 1994 entre Ernesto Zedillo (PRI), Diego Fernández de Cevallos (PAN) y Cuauhtémoc Cárdenas (PRD). La idea original se atribuye tanto a Colosio como Cárdenas. El primero, originalmente nombrado candidato a la presidencia por el PRI, invitó a debatir a los otros presidenciables en su discurso de aceptación de la nominación de su partido. El segundo, envió una carta al primero el mismo día. La televisión llevó a millones de familias mexicanas una forma nueva de entender a los candidatos y también de magnificar sus flaquezas o apantallar con sus fortalezas.

Tras la muerte de Colosio, Zedillo apareció en el primer debate presidencial en la historia de México. No fueron invitados Jorge González Torres, del Verde Ecologista; Pablo Emilio Madero, de la Unión Nacional Opositora (UNO), Rafael Aguilar Talamantes, del Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, (“El ferrocarril”) ni Cecilia Soto, del Partido del Trabajo. En ese entonces, los ciudadanos nos quedamos con los tres partidos que hoy son los de siempre.

Mucho ha pasado desde entonces pero una cosa parece permanecer. En México, los debates presidenciales rara vez tienen impacto en las encuestas y en las preferencias electorales. ¿Por qué?, se me ocurren varias razones:

1. Los formatos. Que si son muy chatos, que si son monólogos, que si hay muchas reglas, que si hay muy pocas, que si son eternos, que si no hay tiempo. El caso es que lxs mexicanxs nos hemos aventado formatos tan inútiles como sacar la tarjetita de la caja, como en el debate del 2012 (miradas lascivas de Gabriel Quadri incluidas).

2. Moderadxs que actúan más como relojes humanos que como sujetos activos del ejercicio.

3. Candidatxs poco asiduos al debate de las ideas y demasiado asiduos a la confrontación, humillación barata y la descalificación personal. La vocación de discutir ideas es débil (en la clase política) en un México en el que por años los candidatos a la presidencia (y a cualquier otro puesto de elección popular) han tenido la certeza de que no había que convencer o persuadir con argumentos.

4. Ciudadanxs poco activxs. Siendo justa, ¿quién quiere aventarse dos horas de monólogo sin propuesta, con instrumentos dignos de obras de teatro -como gráficas que no se ven-, cuando podemos ver el fut o la serie de Luismi? Entiendo la pereza, pero también apelo a la responsabilidad que como ciudadanxs tenemos de participar en el ejercicio democrático de los debates, informarnos y usar las herramientas que hoy tenemos a nuestro alcance para hacer preguntas.

En este 2018, quizá los debates no cambien radicalmente las preferencias electorales y menos las encuestas, pero podemos empezar a cambiar la idea que tenemos sobre debatir. El primer debate del 2018 fue fluido, con momentos interesantes y alguna que otra confrontación de ideas. Lxs moderadorxs por demás preparadxs, con preguntas relevantes y haciendo su trabajo para evitar que los candidatos se fueran por la tangente. El segundo debate dejó algo que desear en términos de la moderación y el ritmo, pero dio la buena nota al incluir la participación directa de ciudadanxs haciendo preguntas y al deschilanguizar el recinto.

Para el tercer debate, el 12 de junio en Mérida, el INE hizo una convocatoria (de tiempo cortísimo, pero es mejor que nada) para que personas y organizaciones mandaran preguntas vía Twitter y Facebook, de las cuales, lxs moderadorxs seleccionarán 12 para cuestionar a los candidatos en el debate, el debate 2.0.

Cierto es que falta mucho camino por recorrer, pero es un hecho que los dos debates que van en 2018 marcan una especie de buenas prácticas que se deben seguir en el futuro.

Ojalá sigamos construyendo el camino del debate, exigiendo más a la autoridad electoral, a lxs candidatxs y a nosotrxs mismxs como ciudadanxs. Un mejor debate para México – en el sentido más amplio del término – es aquel en el que se confronten más las ideas que las personas. En el que nos convenzan con argumentos y no con letreros. En el que nosotrxs hagamos preguntas. Quienes votamos tenemos que creérnosla: un debate es algo así como una entrevista de trabajo muy difícil, tan difícil como nosotrxs queramos.

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