Dos antiguos secuestros…

¡Todos unidos contra la corrupción y la impunidad!

Leopoldo Mendívil

DON ALFREDO HARP HELÚ,

LIC. DIEGO FERNÁNDEZ DE CEVALLOS:

+Que no nos dé Dios lo que 

somos capaces de soportar

Gabriel García Márquez

Encontré en mi archivo una columna que nunca se publicó, ni siquiera recuerdo por qué ni cuándo la escribí. Obviamente esto último ocurrió cuando Diego sufría su secuestro y usted ya lo había rebasado.

Ignoro si ustedes se conocían, si se miraban de lejos o si se frecuentaban; y si, ya salvados ambos, se reunieron para brindar por estar vivos y tal vez se hicieron amigos.

Hoy la publico porque muchos ignoran y otros ya no recuerdan el tormento que sufrieron ustedes en distintos momentos. Revivo sus casos no por imprudencia y menospor amarillismo, que no suelo utilizar. Digamos que lo hago porque de  cuando en vez vale la pena recordar conductas ejemplares:  

¿Diego vive..?

C.P. ALFREDO HARP HELÚ,

EX SECUESTRADO:

+El cobarde sólo amenaza

cuando está a salvo

Johann Wolfgang von Goethe

Desde junio pasado, cada vez que hay noticias y muchas veces simplemente cavilando sobre la suerte de Diego Fernández de Cevallos, me viene al recuerdo una charla en Oaxaca, con un personaje de esa ciudad increíble que a usted le quiere bien. Lo demostró por las mil y una muecas que hizo al relatar su cautiverio.

Sólo me pidió relatar el pasaje principal cuando de verdad valiera la pena.

Más que cualquier día, del 15 del mayo a la fecha, hoy lo vale.

Se refirió mi interlocutor al instante en que usted, convencido de que habría sido abandonado a su suerte, se habría percatado de que su único posible salvador sería en adelante… usted mismo.

“‘Entonces -recobro el relato lo más fielmente que puedo- don Alfredo, quien a fuerza de tanto convivir con sus secuestradores se había relacionado bien casi con todos, decidió jugársela y decirles franco, pero frío, que todos ahí y él por delante tenían claro que nunca había estado más solo que en ese momento. Su familia ya ni respondía las llamadas de los captores. Su socio de tantas aventuras y proyectos financieros, Roberto Hernández, fue el primero en desentenderse de él. Lo único que fuera de aquel sórdido sitio quedaba de Alfredo Harp no eran su cuerpo ni su alma; sólo su riqueza…

“‘Les dijo -así lo contó usted mismo, don Alfredo– que en ese momento ellos deberían optar entre matarlo y no recibir un solo centavo, o entender que ahora sólo él mismo podría entregarles el dinero de su propio rescate, si algunos lo sacaban y lo llevaban a donde pudiera realizar las transacciones del caso.

“‘Y aceptaron. Harp pagó. Ellos lo liberaron. Él volvió a tomar posesión de su fortuna y todos los que evidentemente lo habrían dejado a expensas de su suerte, se quedaron como el perro de las dos tortas…

Es, don Alfredo, la historia que -repito- alguien que le quiere bien me contó y que deseé no ver repetida en Diego Fernández de Cevallos.

Nada, después de ayer, es seguro; pero muy pronto el misterio que queda, será develado.

Quienes enviaron el mensaje número tres, ayer difundido, como presuntos misteriosos desaparecedores, omitieron uno de los posibles móviles del secuestro de Fernández de Cevallos, sobre el que me hizo pensar don Genaro Góngora Pimentel poco después de que circulara el número dos con la desesperada carta del secuestrado a sus hijos, pidiéndoles hacer todo lo necesario para liberarlo:

“‘¿No se habrá cruzado Diego preguntó, insinuante, el ex ministro- en el camino de la candidatura presidencial..?’

Si su experiencia fue, don Alfredo, como la posible historia de usted que le he relatado según me fue contada, seguro estoy de que tiene ya sus propias conclusiones sobre la suerte de Diego Fernández de Cevallos.

Yo no la quiero tener todavía. Me niego a tenerla. Insisto en que ni siquiera debo ni quiero pensar en ella…

Doy gracias, otra vez, a Quien los salvó…

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